Las consecuencias del tsunami del 2 de octubre

 

Es evidente que el país quedó en el limbo como consecuencia de la victoria del NO en el Plebiscito del pasado 2 de octubre. Fue un tsunami que nadie esperaba. Después de cuatro años de esfuerzos por buscar un acuerdo con las FARC, y de haber firmado el documento en Cartagena con bombos y platillos, este trabajo ha quedado en el aire.

Oficialmente, y según las reglas del juego definidas por Santos al proponer la figura del plebiscito para amarrar la paz, el acuerdo está muerto al ganar el voto del NO, así fuera por una pírrica diferencia. Pero estando en Colombia, las cosas no son lo que parecen y el realismo mágico de García Márquez hoy se comienza a vivir con toda su fuerza.


Sobre el resultado de la innecesaria convocatoria que hizo Santos, se han escrito toneladas de artículos. Afuera de nuestro país, no entienden como lo demuestra el siguiente comentario :
“Francamente, siempre he pensado que fue increíblemente estúpido, y escojo mis palabras a propósito, increíblemente estúpido, votar ‘No’ cuando ya has tenido cinco décadas de guerra”.

Estas no son palabras mías sino de la Nobel de Paz de 1997, Jody Williams entrevistada por El Tiempo. Y adentro, pues más de lo mismo: un país dividido que no se repone todavía de la sorpresa, leer nota.

 

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Ni los del NO pensaban que era posible ganar, ni tampoco Santos y quienes apoyaban el Si, creyeron que pudieran perder. Todos despertaron el 3 de octubre con un chicharrón que no habían anticipado y un país en el limbo.

Pero en este país del Sagrado Corazón, no para de sorprendernos todos los días. Como dice el viejo dicho popular: “no hay mal que por bien no venga ni cuerpo que lo resista”. El “empate técnico” que es en la práctica el resultado, cortesía de una absurda abstención del 63.5%, ha obligado a que sucedan varias cosas, impensables antes del Plebiscito.

Los señores del Comité del Nobel de Paz, han premiado a Santos por su merecido esfuerzo. Hasta Uribe se lo reconoció después del anuncio. Pero sobretodo, le entregaron el premio con la expectativa de darle oxígeno a un presidente, que el día 3 de octubre, había quedado como un zombi o un muerto en vida.

 

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Pero lo que era impensable también pasó. El señor Uribe se vio forzado a llamar a su archi enemigo en el Palacio de Nariño para sentarse con el después de haberse negado a hacerlo por seis años. La diminuta mayoría del NO era una victoria con sabor amargo. Ante la reacción que se suscitó posteriormente de un clamor por acabar con la violencia en Colombia, el fino olfato político de este caudillo reaccionó. Los acontecimientos lo forzaron a reconocer que había llegado la hora de sentarse en la mesa de su Némesis. Había llegado el momento de hacer lo que los dos deberían haber hecho hace seis años: conversar.

Y a Santos, le tocó tragarse el sapo de no tener un plan B, lo que si fue una verdadera estupidez. Se vio obligado a dejar a un lado su arrogancia, y a utilizar el oxígeno del Nobel para tratar de enderezar las cargas. Ese hecho fue cómo ganarse la lotería, o encontrarse con un salvavidas en medio de la tormenta perfecta, que fue lo que su ceguera logró.

 

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La soberbia de Santos y su falta de liderazgo, dejaron al país en el limbo. Subestimó su baja popularidad, y la capacidad de sus enemigos, que se movilizaron desde la derecha liderados por Uribe, quien contó con la ayuda de los cristianos y otros obscuros personajes de nuestra fauna política, como el ex Contralor Ordoñez para mezclarle religión y género a la paz.

Santos no logró inspirar a la mayoría de los colombianos para que vieran una inmensa oportunidad hacia adelante en el acuerdo con las FARC. No los logró inspirar para que no se dejarán engañar con las mentiras y distorsiones utilizadas astutamente por sus opositores de derecha.

A la luz de los resultados, la falta de liderazgo de Santos es contundente. Como yo lo decía en un Post anterior, las cifras son apabullantes: un 81% de la población votante de una masa de 34 millones de personas, entre abstencionistas y quienes dijeron NO, rajaron duramente a Santos en esta materia.

 

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Los dos bandos se están dando cuenta del problema en que estamos, y del “oso internacional” que se hizo después de todo el show que se montó por anticipado en NY y en Cartagena. Y finalmente hay algo que los une: nadie quiere quedarse con el muerto de volver a encender las llamas de otro desastre que ha costado más de 300.000 muertos y 8 millones de desplazados.

El costo político sería monumental. Especialmente, después de que el cese al fuego ha mostrado lo que significaba acabar con la dinámica fratricida en las zonas más marginadas de nuestra geografía nacional. Claro que esto no fue lo suficientemente importante en las zonas urbanas del centro del país, con excepción de Bogotá, donde la realidad se percibe de manera diferente y donde el NO fue contundente.

Lo positivo del empate técnico es que ahora sí todos quieren la paz. Los que promovieron el NO vendieron la idea de que podían cambiar los términos de seis años de negociaciones muy complejas. Ahora, se enfrentan con la realidad de proponer alternativas que sean aceptadas por las otras dos partes. Poner de acuerdo tantos puntos de vista, muchos de ellos que no se sienten representados por Uribe, va a ser una tarea monumental.

 

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A Santos, y su equipo, el reto es reconocer que hay términos acordados que generaron un profundo rechazo y que va a tener que cambiar si quiere salvar el proceso. El resultado del No y la inmensa abstención, le debieron de mostrar lo fútil de un acuerdo de paz con país divido y apático como el nuestro. La tarea va a ser más difícil que negociar con las FARC. Y para rematar ahora viene la negociación con el ELN.

A las FARC, el mensaje igualmente es contundente: cinco décadas de violencia imperdonable que creo destrucción y muerte, no ha sembrado sino odio y despreció hacia ellos. Pero de alguna manera, el limbo actual ha permitido que los enemigos se encuentren y todos acepten la tozuda realidad: llegó la hora de alcanzar un consenso que le permita a Colombia pasar el capítulo vergonzoso de su historia sangrienta y escribir uno nuevo donde nos podamos sentir orgullosos de nuestro país.

Para cada uno de los participantes en este tsunami, les llegó la hora de entender que el camino de la paz, es un clamor nacional que finalmente está creando un consenso nacional y una gran presión internacional.

La negociación más difícil no fue la de las FARC sino la que está iniciándose después del Plebiscito. Su resultado definirá el camino de Colombia en la siguiente generación. ¿Y entonces donde están los jóvenes en todo esto?
PCN.

 

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