¿A donde está el piloto?

 

 


Leyendo la semana pasada la columna “Gobernabilidad”, del columnista Armando Montenegro en El Espectador, se me aumentó la preocupación sobre la percepción que se está teniendo sobre el desempeño del Presidente Duque, cuando apenas lleva tres meses en el cargo.

 

Y digo que se me aumentó, porque el día anterior, había tenido una una conversación muy impactante sobre el mismo tema, con una persona que había sido del círculo más cercano a Uribe durante sus ocho años de gobierno, y quien pagó un costo personal muy alto por ello.

 

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Pero se me incrementó aún más, cuando había terminado de escribir mi columna y leí el artículo de Maria Jimena Duzán en Semana, titulado “Sin hoja de ruta”, que de alguna manera reforzaba el título de mi columna. Cuando desde tan diferentes frentes aparecen comentarios que coinciden en un tema: para donde va Duque, hay algo que le está fallando. Sin embargo, el la misma revista, el columnista José Manuel Acevedo, pinta una versión contraria con su artículo “Duque el despolarizador”

 

Pero vamos por partes. Para Montenegro, es motivo de una gran preocupación, la forma como se han venido “desdibujando” los proyectos de ley presentados al Congreso, contra la corrupción, las reformas a la justicia, y la reforma tributaria, disfrazada de Ley de Financiamiento. Esta última,  para buscar mayores recursos para el Estado, de los cuales dependen, entre otros temas, la calificación de riesgo crediticio del país.

 

Lo que llama mucho la  atención, es que la oposición a estas iniciativas, venga del mismo Uribe y del Centro Democrático, partido que llevó a Duque a la Presidencia.

 

Se está generando una percepción sobre la reducida capacidad de Duque para sacar sus iniciativas en el Congreso. Y si esto no se modifica, se va a reforzar la creencia de que el puesto le quedó grande, a pesar de que “ es un buen tipo”.

 

Lo que esta en juego no es un tema menor: la gobernabilidad, la confianza para invertir en el país, y la capacidad de lograr los cambios estructurales que se han venido posponiendo, como son los ajustes al tema pensional y al sistema de salud, entre otros. Y esto se tiene que hacer en un momento histórico, donde hay el mayor desprestigio de los partidos políticos, y cuando la capacidad institucional del Estado, está seriamente cuestionada.

 

La pregunta que está emergiendo, es si Duque tendrá la capacidad de liderar los cambio que Colombia necesita. Entre los cuales, está su promesa de no recurrir a la compra de los votos de los congresistas, para tener la gobernabilidad necesaria, como ha sido la tradición de sus antecesores. Esto implica poder construir consensos y lograr acuerdos, con los políticos que han estado tan mal acostumbrados en el pasado. Especialmente, cuando se ha rodeado de ministros técnicos, pero sin ninguna experiencia en el manejo político, con los antecedentes ya anotados.

 

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Ahora, me quiero remitir a la conversación reciente con un “uribista pura sangre”, sobre la frustración que tienen algunas personas del Centro Democrático, en relación al desempeño de Duque en sus primeros cien días de gobierno. Las críticas que me transmitía esta persona son varias y muy preocupante: Duque no escucha, no ha tenido en cuenta a su partido en las propuestas presentadas al Congreso, tiene ministros inexpertos para lidiar un entorno político inédito en los últimos diez y seis años, y no se ve un claro mapa de vuelo hacia adelante.

 

En particular, hay una creencia que tienen algunos miembros del partido de Duque, sobre el impacto muy negativo que va a tener en esta colectividad,  el pretender cobrar el IVA a todos los productos de la canasta familiar. Es  una medida tremendamente impopular, con  un costo político muy grande para el Centro Democrático y Uribe. Y ni que decir,  para la gobernabilidad de Duque. Especialmente, de cara a las elecciones regionales del 2019, donde este contexto va a ser capitalizado por Petro, Robledo y sus aliados de izquierda.

 

Pero la reunión fue aún más desconcertante, en relación al rol de Uribe en este gobierno y su posición ante el desempeño de su pupilo. Según el concepto de la persona con quien hablé, el expresidente se encuentra entre la espada y la pared. Me decía que Uribe ha recibido muchas críticas de sus copartidarios, por haber ungido a Duque, y que este se está alejando de su mentor.

 

Quiero confesar que esta última afirmación, me cuesta gran trabajo aceptarla. Dudo mucho que, los dos máximos dirigentes políticos del mismo partido, quieran recrear la amarga experiencia que tuvieron con Santos, por los altísimos riesgos que esto conlleva.

 

Pero hay otra razón de peso para atreverme a dudar de esta afirmación. Duque fue impuesto por Uribe dentro de su partido para ser el candidato a la presidencia. Sería increíble, que los dos desconocieran la situación de las finanzas públicas que heredaban, y que por lo tanto, el nombramiento del ministro Carrasquilla no hubiera sido consultado con Uribe y su grupo, máxime cuando este economista, había sido también su Ministro de Hacienda.

 

Pero además, todos estos dirigentes deberían tener conciencia, del gran costo político que tenía que asumir,  al tener que acometer una reforma estructural de impuestos. Santos dejó el tema sin resolver de fondo, y eso lo sabían Duque y Uribe. Suena muy ingenuo pensar que la podían realizar, sin tener una posición monolítica al respecto, y especialmente, cuando  no tenían las mayorías en el Congreso.

 

Y es aún más difícil creer, que una persona como Duque, sin una larga trayectoria en el manejo político de estos temas tan complejos,  pueda ser tan irresponsable de tratar lograr la reforma en solitario, sin el apoyo de su partido y de Uribe, y sin lograr una coalición con otros grupos políticos. Pero tengo que aceptarle a mi interlocutor, “uribista de pura sangre”, que lamentablemente hasta la fecha,  los hechos parecerían darle la razón a sus preocupaciones.

 

Vale la pena hacer una aclaración en este punto.  Yo no voté por Duque en la primera vuelta, y he sido un gran crítico de Uribe. Pero escribo este artículo, porque se lo que está en juego durante su mandato donde espero que pueda acertar. Tengo claridad sobre la inconveniencia  de un Petro en el poder dentro de cuatro años, porque no corresponde con la visión que quisiera yo para Colombia.

 

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Ahora bien, si Duque no es capaz de corregir el rumbo, cuando apenas está comenzando su mandato, y sus decisiones refuerzan la creencia que comienza a emerger, de que tenemos al mando de la nave a una persona inexperta, e incapaz de liderar al país, para sortear las grandes retos que tenemos, y llevarlo a buen puerto, se afectaría profundamente la viabilidad de su mandato.  En ese caso sería válida la pregunta con la que titulé esta columna; ¿Y donde está el piloto? Y si no hay respuesta:  apague y vámonos.

 

Dado la importancia de la apuesta por Duque, me parece útil retomar algunas reflexiones finales sobre el impacto de las creencias en las percepciones, tema al que me referí en el mes de septiembre.

 

La primera reflexión, tiene que ver con el impacto que tienen las creencias sobre las emociones, que tiñen la percepción que tenemos de nuestra realidad.  Con ellas, habilitamos o paralizamos las decisiones que tomamos, y las acciones que emprendemos en nuestras vidas. Y como lo escribía en ese artículo: “es especialmente poderoso cuando el saber se integra con este proceso, porque permite lograr cosas extraordinarias o grandes desastres”.

 

Pero hay algo más. “Las creencias definen los límites de lo que podemos hacer, más allá de nuestra imaginación. En otras palabras, las creencias actúan como filtros que frenan o potencializan lo que podemos hacer. Hay una relación estrecha de la confianza que tenemos, en algo o en alguien, con la mirada que hacemos de nuestra realidad basada en nuestras creencias. Esto condiciona nuestras percepciones, los procesos y los resultados, para nosotros y para los demás”.

 

Ahora bien, se preguntará el lector que tiene que ver los comentarios anteriores con lo escrito a lo largo de esta columna. La respuesta es muy clara: si prevalece la creencia, de que Duque no tiene gobernabilidad, y que por su inexperiencia, se refuerza la percepción de que está desconectado de los actores, del complejo mundo político que hoy se vive en el pais, porque no los escucha y no sabe lo que hace, estamos en problemas muy serios todos los pasajeros de esta nave llamada Colombia.

 

En este caso Uribe, ni su partido, podrán lavarse las manos, ni tampoco tendrán a un Santos para hacharle la culpa. Ellos, y solo ellos, serían los responsables de lo que suceda. Durante la época de Santos, fracturaron al país, y durante el mandato de Duque, habrían demostrado no estar a la la altura de la situación que ellos mismos crearon.

 

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Si así fuera el escenario, en lugar de esperar cosas extraordinarias de Duque al final de su mandato, no sería aventurado vaticinar un gran problema y otra oportunidad histórica que se nos habría salido nuevamente de las manos. Por el bien del país, espero que Duque se crezca ante la magnitud de los retos que enfrenta, y lo haga rápidamente con contundencia, para evitar que se afiance la creencia negativa sobre su liderazgo..

 

Por todo lo anterior, quiero terminar con el comentario hecho por Michael Reid, editor senior de la prestigiosa revista The Economist, en una reciente entrevista que le concedió a Portafolio: “Me parece que sería muy positivo para el presidente Duque si logra comunicar a los colombianos con mayor claridad cuál es su propósito en estos cuatro años. El propósito del presidente Uribe era la seguridad democrática…, el de Santos, la paz. ¿Cuál es el propósito del presidente Duque? Estoy seguro de que a los colombianos les gustaría saber”.

 

 

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