Los cuerpos de las mujeres no son campos de batalla

 

 


Las guerras se libran con fusiles y granadas, morteros y proyectiles. Las escenas son familiares. Los reporteros de televisión, con chalecos antibalas, comprueban sobre el terreno el tipo de misil que cruza el cielo sobre sus cabezas. Las cifras de víctimas y desplazados por el conflicto ocupan los titulares.

 

Pero también hay otros campos de batalla en los que se libran guerras, tan íntimas, que a menudo no se nombran en los libros de historia, los registros judiciales y los reportes de los medios de comunicación. En los conflictos, los cuerpos de las mujeres terminan también convertidos en campos de batalla.

 

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Desde que los primeros ejércitos marcharon a la guerra, la violencia sexual ha acompañado las batallas. Sin embargo, seguir permitiendo y acaso legitimando así su uso como arma es un crimen en sí mismo. Como miembros de la comunidad internacional, es hora de dejar de observarlo en silencio.

 

Las reglas de la guerra se establecen en el derecho internacional humanitario. "La ley es clara: la violación y otras formas de violencia sexual son una transgresión", ha dicho Peter Maurer, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, en un discurso en febrero. "Los Convenios de Ginebra hicieron esta prohibición clara y universal, y aún así, 70 años después, seguimos enfrentando fallos de comportamiento y responsabilidad". De hecho, es difícil exagerar sobre cuánto trabajo queda por hacer. En las guerras modernas, las líneas de combate se están desvaneciendo, llevando el conflicto directamente a los hogares civiles, donde las familias no escapan de la violencia.

 

La violencia sexual tiene un tipo particular de intención, a diferencia de cualquier otra arma que se empuña en un conflicto. Cuando las bombas aplanan los techos, los vecinos se asisten mutuamente. Incluso los soldados están obligados a prestar primeros auxilios a sus enemigos gravemente heridos. Pero los sobrevivientes de violaciones y abusos sexuales a menudo se encuentran estigmatizados y son expulsados ​​de sus propias comunidades. La violación corta la trama social, y es eso precisamente lo que se propone lograr: tácticas sistemáticas para asustar, estigmatizar, enfermar o dispersar.

 

En Bosnia, las mujeres musulmanas han dado a luz a los bebés de sus violadores. En Ruanda, las mujeres tutsi quedaron infectadas con el VIH/SIDA. Apenas el año pasado, en Myanmar, los rumores de lo que las tropas harían a las mujeres y niñas rohinyás llevaron a cientos de miles a huir a la vecina Bangladesh. Y la lista sigue, y sigue.

 

El papel de la ONU

 

Es hora de que las Naciones Unidas tomen medidas significativas. La organización no reconoció oficialmente la violación en conflictos como un crimen de guerra hasta 2008. Ahora, debe aprovechar la oportunidad para expiar su negligencia. Hay un argumento que escucho y me estremece a menudo en las mesas de cenas de gala occidentales, muy lejos de donde estos crímenes están teniendo lugar: "¿Qué puede hacer de todos modos la ONU, tan grande y burocrática?", dicen. Pero este es un argumento perezoso, mal informado y especialmente frustrante cuando la respuesta es, en este caso, bastante.

 

Como extrabajadora humanitaria de Naciones Unidas, reconozco lo pesada que puede ser la organización. Pero, ahora, como corresponsal de prensa en Estados Unidos, también reconozco el poder de convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU, y su próximo paso debe ser: adoptar una resolución para establecer un mecanismo formal que refuerce la rendición de cuentas cuando se trata de violencia sexual, así como monitorear su cumplimiento.

 

Sabemos que debemos escuchar a los sobrevivientes, pero ¿qué soluciona eso si solo asentimos y ofrecemos simpatía? En su lugar, la ONU debe enviar misiones de investigación, establecer comisiones de investigación, sancionar a los perpetradores y reunir pruebas para procesar casos en la Corte Penal Internacional. Es vergonzoso que la mayoría de los incidentes de violaciones masivas sigan saldándose con una impunidad masiva.

 

Obviamente, una resolución de la ONU no será suficiente: hay que abrir mayor espacio a las mujeres en los esfuerzos de paz. Al hacerlo, la ONU puede incluso encontrar una manera efectiva de limpiar sus propias filas. Muchas mujeres han presentado relatos de violencia sexual infligida por miembros de las fuerzas de paz de la ONU.

 

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Una mayor paridad de género en las fuerzas de paz reduce naturalmente ese riesgo, pero hace algo más que eso: faculta a las mujeres y niñas a participar en sus propias comunidades, como custodios de la ley, el orden y los derechos humanos. Este es un asunto esencial en la lucha por la igualdad de género y el acceso al poder.

 

Cuando pienso en la gravedad del tema, recuerdo inveitablemente una cita de la autora croata Slavenka Drakulic, quien ha escrito extensamente sobre crímenes de guerra en los conflictos balcánicos de los años noventa. "La violación", ha dicho Drakulic, "es un tipo de asesinato lento". Y, si no fuera por el hecho de que la mayoría de sus víctimas son mujeres, estoy bastante segura de que ya lo habríamos abordado. DW

 

 

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