Los paraísos invisibles de José Castillo

 

 


Con la cantante Andrea Roa, José Castillo propone en ´Paraìsos invisibles´ un dúo pensado para que el espíritu de su elocuente guitarra acústica y la exquisita voz de la cantante se armonicen
 

Nacido en una familia imbuida desde siempre en los quehaceres de la educación, la academia y la escritura, Jose Castillo Silvera empezó desde muy pequeño, no a acercarse con especial interés precisamente a la vida de los libros, sino al mundo de los sonidos y los instrumentos musicales. Así, desde temprano empezó a jugar con un acordeón que le regaló su padre, y muy rápidamente llegó a familiarizarse con el lenguaje de este instrumento y con la zaga histórica y cultural de la música vallenata. ¿La razón? Pues, su padre, el maestro Ariel Castillo Mier, uno de los pocos críticos literarios de oficio que tiene este país, consagrado estudioso de la literatura del Caribe colombiano, es además uno de los más agudos estudiosos del vallenato como fenómeno cultural.

 

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El muchacho creció entonces, tal vez sin querer, y por esas misteriosas razones de la sangre, con el designio de realizar profesionalmente los sueños musicales que su padre sólo ha cultivado en el plano del goce personal de aficionado a esta música y como cronista y estudioso de la misma; así como el padre de éste creció también con el sueño de realizar profesionalmente los sueños académicos y literarios de su progenitor, el maestro José Castillo Pérez, eminente educador y amante de las letras.

 

Es decir, se cierra entre ellos entonces un círculo curioso que nos pone a pensar en cómo se ritualiza y simboliza la vida de quienes nos rodean sin que muchas veces dimensionemos la importancia de su significación a la hora de entendernos con los otros. Como en este caso: el abuelo José Castillo Pérez, admirador del gran ensayista americano, el escritor, político y pensador uruguayo, José Enrique Rodó, el autor de la emblemática obra Ariel, personaje simbólico del idealismo y la espiritualidad que quiso animar la educación latinoamericana a comienzos del siglo XX, dio a su hijo Ariel el nombre de este importante personaje. Y Ariel le devolvió a su vez el gesto a su padre dándole a su hijo el nombre de su abuelo. Son cosas que, repito, trascienden con mucho lo simplemente anecdótico para trazarnos unas líneas que a veces no leemos ni comprendemos ni valoramos.

 

Con esos interesantes lazos consanguíneos y culturales, el joven Jose Castillo Silvera cumplió así sus primeras metas con su educación convencional del bachillerato en Barranquilla, acariciando al tiempo sus intereses musicales en el marco del desarrollo de su vida escolar y de su vinculación temprana al proyecto orquestal Batuta; un proceso que le brindó la oportunidad de enfrentarse en múltiples ocasiones desde niño a eso que muchos llaman “el monstruo voraz del público”. Pero vino luego la decisión de viajar a Bogotá para estudiar composición musical en la Pontificia Universidad Javeriana, carrera que, como él mismo reconoce, en un principio no parecía que fuera a terminar representándole la asunción del rumbo que hoy por hoy tiene su trabajo musical. Pero así se dieron las cosas.

 

Desde luego, el conocimiento y el rigor de los estudios académicos del conservatorio, en diálogo y retroalimentación con un permanente roce e interlocución con experiencias sonoras en los más disímiles contextos de la música en la Bogotá de sus días de estudiante, empezaron a fraguarle unos reconocimientos importantes y una visibilidad como músico de estudio, grabaciones y conciertos que lo han llevado, en relativo poco tiempo, a ser un interesante referente como guitarrista, como acordeonista, como tecladista y también como productor de muchos trabajos en los que ha participado en el marco de todas estas tendencias múltiples y diversas de lo que hoy se llama, no sin cierta imprecisión, las nuevas músicas colombianas; una categoría de límites difusos en la que se entrecruzan de muy diversas maneras el folclor, el pop, el jazz, el rock, la electrónica, la música tropical, lo lírico y lo prosaico, todo ello entreverado en diversos ademanes progresivos de forma y de concepto que la inscriben en los intereses y preferencias de un amplio público joven del universo latino de hoy.

 

Preguntado hoy por la reflexión que en estos momentos le merece su oficio y su trabajo, Jose Castillo cuenta que cuando era un chico de unos 12 años empezó a obsesionarse con la música. Y recuerda que todas las noches se acostaba en su cama con los audífonos puestos, y con los ojos cerrados era absolutamente feliz perdiéndose entre universos sonoros que en ese momento le resultaban en gran medida tal vez incomprensibles, “pero al mismo tiempo incomprensiblemente atractivos y misteriosos”. Y no duda en considerar que, mirando en retrospectiva, la música en ese entonces era para él un escape.

 

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Y aclara: “Hoy en día mi relación con la música es completamente diferente. Escuchar música, o tocar un instrumento o componer, son ahora para mí una especie de meditación. Ya no se trata de un escape a un universo "externo". Por el contrario, la música se ha vuelto un vehículo de introspección y de auto-conocimiento.” En el que seguramente viaja y nos invita a seguirlo a sus paraísos invisibles.

 

Lo cierto es que, en estos momentos, Jose Castillo es poseedor ya de unas maneras personales de comunicar la música con talentos y recursos que le distinguen en el entorno cultural sonoro que antes describía, en el que la limpieza de su guitarra, tanto en la cumplida asistencia de su acompañamiento, como a la hora de sus diálogos instrumentales y sus solos, lo han trepado en las más exigentes y altas tarimas de la escena nacional e internacional.

 

En el proceso pueden contarse experiencias como su colaboración con Sanalejo en su disco titulado  “Seguir Latiendo”, que en 2016 recibió nominación a Mejor Album Latin Pop en los Grammy Anglo. También cuenta su definitiva participación e influencia en el proyecto Porrock de Adriana Lucía, en la que fue clara y diferenciable su presencia en uno de los mejores momentos de la carrera de la cantante cordobesa, aportando los arreglos, la interpretación de sus  guitarras acústica y eléctrica, y también el talento compositivo, para una producción que logró en 2017 una nominación a Mejor Album Fusion Tropical en los Latin Grammy.

 

Y, en sorprendente seguidilla de logros, llega también su destacada participación con su guitarra acústica en la canción “Flower Power”, del  disco Ayo del grupo Bomba Estéreo, trabajo que en 2018 fue álbum nominado a Best Latin Rock, en las categorías urban or alternative en los Grammy Anglo; una presencia en esa banda que parece trascender cada vez más la colaboración ocasional para convertirse en una figura frecuente y estelar en una banda como Bomba Estèreo, probablemente uno de los tres grupos colombianos del momento con más alta consideración en la escena internacional del pop latino contemporáneo afincados en su propuesta de la electrocumbia y sus matices, al lado de Systema Solar y Monsieur Periné.

 

En Bomba Estéreo Castillo marca su presencia y su trabajo en el que se le reconoce y valora una aportación de importancia estructural en su lenguaje y desempeño.  Tal vez por eso ha estado rodando con ellos en múltiples conciertos y presentaciones internacionales por más de  25 países, en festivales como Lollapalooza en Chicago; pero también en Berlín y París; en el legendario Rock in Rio 2017; así como en la gira Everything Now por Suramérica, abriéndole concierto a la legendaria banda de Montreal, Canadá, Arcade Fire en 2017.

 

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Pero llegó la hora de asumir un nuevo desafío profesional y personal y al lado de la cantante Andrea Roa ha lanzado el proyecto Paraísos invisibles en el cual, en un formato de apretada síntesis, se propone un dúo pensado para que el espíritu de su elocuente guitarra acústica y la exquisita voz de la cantante se armonicen con los más disímiles efectos electrónicos melódicos, rítmicos y armónicos que hacen posible la concreción de un tema que se nos queda pegado “al cielo de la boca”, y por supuesto en la recordación.

 

Al preguntarle por la intención y estilo de esta propuesta, nos responde: “Siempre he tenido un gran conflicto interno porque aunque me identifico como caribeño y barranquillero, las músicas que más escucho suelen ser de otras culturas sonoras. Y la intención de Paraísos invisibles es comenzar a explorar la solución a ese conflicto, buscando hacer música con identidad, con personalidad, que combine lo mejor de varios mundos. Por eso queremos crear un universo sonoro propio que acerque las tendencias de la electrónica de vanguardia, y de la cultura alternativa en general, al sabor único del caribe.”

 

 

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