Gustavo Ibarra Merlano: cavilaciones derramadas (I)

29/11/2019

 

 


La novedad literaria que constituye la publicación del No. 161 de la Colección de Poesía “Un libro por centavo” de la Universidad Externado de Colombia dedicado esta vez al maestro Gustavo Ibarra Merlano, impone la necesidad, no solo de saludar esta iniciativa, sino de hablar un poco de este interesante de nuestras letras.

 

Empecemos diciendo que con Gustavo Ibarra Merlano tiene la literatura en lengua española, y la literatura colombiana en particular, un personaje verdaderamente de excepción.

 

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Él es sin duda una figura de una significación aún no dimensionada de manera justa, no solo por la huella de su influencia intelectual sobre una generación definitiva para nuestras letras nacionales contemporáneas en cuya nómina hay figuras como Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo y Jorge Artel, por ejemplo, sino porque durante mucho tiempo privó a la literatura colombiana de lo que debió ser un amplio conocimiento de su poesía, de su exquisito pensamiento filosófico, de sus ideas estéticas, de su muy personal ensayística sobre la religión y la teología, sobre los griegos, sobre la literatura española clásica, sobre la poesía y el cine, todo esto puesto al servicio de una rica conversación, de una prosa epistolar que sólo tuvieron y tienen el privilegio de conocer y disfrutar unas pocas personas en el mundo, y de algunas publicaciones suyas que sólo leyeron en vida algunos amigos muy cercanos y que solo ahora con recientes ediciones de sus trabajos han podido trascender a un más amplio grupo de lectores en Colombia.

 

Pero hay que respetar esa decisión de ocultamiento y de prudencia, tan extraña y ejemplarizante en un país tan pródigo en farsantes como el nuestro, de mantener durante más de cuarenta años el más estoico silencio esquivando su figura y sus opiniones de los grandes saraos literarios y culturales del país, mientras seguía produciendo y reflexionando, como en un cuarto oscuro reservado para grandes revelaciones, al margen de las tentaciones de la ciega fama y de sospechosas importancias. Hasta cuando ya casi a la edad de sus ochenta, a finales de la década del 70, decidió entregarnos el primero de sus poemarios, el titulado Hojas de tarja, y luego Los días navegados, y después Ordalías, todos ellos en ediciones de autor con una circulación escandalosamente restringida, por propia voluntad, poemas que acaso en el extrañamiento profundo que comportan, en esa estética de una hondura personal sin concesiones, no han sido hoy debidamente conocidos, reconocidos y valorados en el cuadro de los referentes fundamentales de la poesía colombiana, probablemente a raíz de una cierta luz elusiva que no se junta con las corrientes codificadas para lectores y críticos de nuestro país. Y por supuesto, por mantenerse voluntariamente fuera del circuito de las firmas consagradas en las editoriales y los cenáculos de la poesía colombiana.

 

Y así, poco a poco, fue dejando escapar de sus baúles y anaqueles, y de su lúcida inteligencia, textos de diferentes géneros y filiaciones creativas, pero ante todo, recuerdos de una sabia memoria que, en muestra de una alta generosidad, fue también entregando a los amigos en largos conversaciones sobre su vida, sus amigos y su época cartagenera, sus libros, sus lecturas, sus viajes y sus preocupaciones fundamentales. Como ocurre en este caso con una interesante conversación que sostuvo con Álvaro Suescún y que yo tuve la oportunidad de conocer en varios borradores y comentar alguna vez con el propio Ibarra Merlano en algunas cuantas cartas cruzadas y en una que otra conversación telefónica entrecortada ya por los avatares de su deteriorada respiración.

 

Como nunca tuve la oportunidad de conocerlo personalmente porque cuando pude no me fue posible asistir a una cita que Álvaro Suescún nos había concertado en Calamar (Bolívar), en compañía de Meira Delmar, fue en los borradores de esta entrevista y en sus poemas  en donde logré acercarme a la extraordinaria personalidad de hombre creador en cuya vida y obra se evidenciaba una especial rareza. Esa de que en este territorio de la sensualidad y el goce, de la alegre irresponsabilidad y el desenfado, tal vez no quepa bien, o no resulte creíble, importante, o notable, y tal vez por eso sea, o bien desconocido o mirado de reojo entre nosotros, la figura sospechosa de un poeta que nacido en Cartagena cultivó casi en secreto el amor por la lengua de Homero, y haya vivido y practicado, con acendrado misticismo, la cultura de un profundo sentimiento religioso.

 

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Pero no un sentimiento rendido y entregado, alienado en el dominio de un dogma irrefutable, sino en una actitud dialógica con Dios y con los más profundos misterios del alma y el corazón humanos frente a los interrogantes de la religión especialmente desde su desgarrada poesía, o bien a través de una reflexión ensayística de planteamientos absolutamente originales como los expuestos en su texto titulado La hermosura de la Eucaristía, o también en el terreno de la crítica y la interpretación cinematográfica, terreno en el que es sin duda una de las figuras pioneras y representativas de ese oficio intelectual en nuestro país.

 

 

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