Gustavo Ibarra Merlano: cavilaciones derramadas (II)

 

 


En algún momento de sus conversaciones con Alvaro Suescún, recogidas en el libro Cenizas salobres, del cual en algún momento me serví en la preparación de una conferencia precisamente titulada Ibarra Merlano: un poeta cristiano en el Caribe, decía el poeta que en más de una ocasión dejó la ventana abierta de su oficina del piso 17 del World Trade Center de Bogotá, para ver si el mar de Cartagena entraba de un momento a otro. Tales eran las nostalgias del Caribe que manejaba. De manera, pues, no se trata de un caribeño renegado sino de un hombre que ha visto en esos mismos elementos sustanciales de nuestra cultura interlocutores también de la divinidad.

 

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Y el poeta así lo dice: “Soledades rodean mi soledad/ caigo de una mar a otra /buscando mi conciencia / Consumando el naufragio”. O esta otra joya de meditada grandeza: “Cuánto vano espejo / atesoran el aire, el mar, el tiempo / Todo asoma en el agua momentánea / donde hace señas el olvido. / El mar derrama tiempo. / El viento azota / El desuso del agua / solo yo aquí/ entre dos alas de sangre.”

 

Bueno es aclarar que cuando Ibarra habla de Dios, o con Dios, o habla con el mar o sobre el mar, emite un canto que no se queda en el límite de la lánguida contemplación o de la inocente reverencia, en muchas ocasiones, más que un reclamo, es una observación crítica de sus oficios frente al hombre, y aunque en el desgarramiento hay aceptación del destino, el poeta no deja de sentar una voz que no alcanza a ser protesta, sino certeza y claridad en la caída. La constancia de que sabe exactamente la cantidad de soledad o muerte que le corresponde. Tampoco implora. Reconoce y acepta, no sin antes demostrar que está enterado de qué manos mueven su destino.

 

Como en este poema sin título que está en su poemario Los días navegados: “No hay equilibrio entre vida y muerte /ni paridad en sus asignaciones. / La vida dura menos que la muerte / y la nada consuma las edades. / Está mal aplicada la medida / y la balanza mal acomodada / que equilibra el delirio de los tiempos. / Y muchas veces repudié las leyes / hechas con logaritmos tan injustos. / soñando la sustancia delirante / y el mar del tiempo agónico y oscuro. / Al fin perdí al morir averiguando / la cantidad secreta del destino / Sobró la muerte y no alcanzó la vida”.

 

En otra parte de su conversación con Suescún, Ibarra explica cómo ha sido el proceso de creación y de significación del poema “Kenosis”, otro de sus poemas cruciales. Cuenta Ibarra: “Kenosis es la presencia de Dios a través de la ausencia de Dios. Es la oscuridad en el hombre que se vuelve lumbre. Dios es una tiniebla fosforescente; inclusive hay palabras sobre Dios que no se pueden explicar. Uno de los mayores místicos que ha dado el mundo, el místico alemán medieval Ruibroek dice una frase desconcertante que utilizaré como epígrafe de un libro. La frase es la siguiente: “el silencio tenebroso donde se pierden los que han amado a Dios”, lo que significa que uno no puede ver a Dios porque lo mata... porque Dios tiene una presencia diferente, se presenta como una ausencia pero está ahí”. Más adelante en esa misma conversación, acerca del mismo poema dice lo siguiente: “Kenosis nace de una experiencia que tuve en el Greenwich Village, el barrio bohemio de Nueva York, rezando en la iglesia de San José ante el santísimo sacramento del altar. Mis relaciones con Dios son dialécticas, en ellas él aparece en mi vida normal y desaparece cuando estoy angustiado, por eso la angustia se vuelve insostenible, porque el soporte de mi vida se ausenta. Entonces grito, como lo hace Gerard Manley Hopkins en un poema sobre el abandono de Dios, ausente como él pero presente en el santísimo sacramento del altar, y allí viene otra vez la contradicción. Fue cuando me di cuenta que la Eucaristía es la ofrenda más menesterosa que Dios le hace al hombre. La han pateado, se la han dado a los caballos, han orinado sobre ella, está absolutamente despojada e inerme la divinidad cristiana, pero un pedacito de pan se vuelve el cuerpo de Cristo hecho insignificancia, como uno, que por la ausencia de Dios está también en la insignificancia; pero él está en la Eucaristía que es la exaltación de Dios desde la insignificancia, entonces se unen esas dos insignificancias que son las que le dan ese tono fundamental al poema”.

 

Por eso se entiende cuando dice en su entrevista a Suescún: “Otro aspecto que ha influido en mí es haber tenido temperamento depresivo, porque en la depresión he adquirido sentido de la existencia humana. Porque en la depresión el hombre se siente cercenado de la vida, no puede tener contacto con ella, la vida está allá y el hombre está acá, y esa es la máxima sensación de marginación y de abandono que puede sentir el hombre… Los deprimidos son gente de un circuito completamente mágico, extraño, de deterioro, de marginación… Hoy la depresión es un título que debería asumirse con orgullo”.

 

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Para Ibarra Merlano, en ese estado de elección y privilegio que es la depresión el hombre está metido en el dolor hasta la exasperación y es allí en ese hondo territorio en el que casi siempre aparecen Dios y la poesía. Y él es uno de los pocos hombres que se la lleva bien con los dos. Por eso su poesía y su inteligencia son en verdad excepcionales en nuestra falseada alegría y en nuestra cuestionada intrascendencia caribes.

 

De allí la importancia que representa la publicación de esta antología en la colección Un libro por centavo de la Universidad Externado de Colombia.

 

 

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